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PEREGRINO SOBRE RUEDAS

Esta aventura surgió en los Juegos Paralímpicos 2008 de Pekín, cuando Nieves y yo hablamos sobre la posibilidad de hacer juntos el Camino de Santiago. Un año después, aquella idea se hizo realidad.

Intentar llegar a Santiago me motivaba muchísimo porque años atrás, en el 2000 exactamente, intenté hacer los últimos cincuenta y cinco kilómetros de Melide a Santiago, pero un problema  logístico (se me reventó una rueda y no tenía recambio) me impidió llegar a la plaza del Obradoiro como un peregrino normal. Bueno, normal tampoco, algo diferente, ya que andando no iba a llegar nunca, a no ser que algún santo obrara un milagro. Tuve que coger un autobús a cuarenta kilómetros de Santiago. Decidí volver a intentarlo casi una década después sin consultar a ningún médico, pues sabía que peor no iba a regresar, y sin contar con ningún tipo de coche de apoyo; solo llevábamos una mochila grande que iba acoplada en la Handbike y otra pequeña colgada en la silla de ruedas que liberaba la espalda de Nieves, que alguna ventaja había que tener. Pero esta vez iría más preparado, con parches, recámaras de repuesto, guía de viaje…

Durante el último año, desde que decidimos hacerlo en septiembre de 2008 hasta que lo hicimos a finales de agosto del 2009, fui maquinando ideas para adaptarme al Camino ya que el Camino no se podía adaptar a mí. Empecé por conocer frustradas experiencias anteriores y buscar situaciones ventajosas. Fue Elies, un amigo que tiene una empresa llamada RODEM de Handbikes, una adaptación que consiste en acoplar una rueda de bicicleta de montaña a la silla de ruedas, el que me dejó una. Con este buen invento evitaba que las ruedas delanteras tocaran tierra, ya que la handbike iba acoplada en los reposapiés de la silla de ruedas. También físicamente era importante estar bien los dos, sobre todo Nieves que tenía que soportarme (mi peso) todo el Camino, aunque creo que físicamente yo llegué peor que ella; tenía las cervicales muy tocadas debido a que me tuvieron que dejar una silla de ruedas con una ortopedia llamada ortoprono, porque los reposapiés tenían que ser fijos para poder acoplar la handbike. Nunca había utilizado esa silla de ruedas, con lo cual tuve que acostumbrarme a ella. Soy consciente de que Nieves se había preparado muy bien ejercitándose, sobre todo las piernas, con muchas horas de carrera, natación, patinaje. Yo, aparte de llevar una vida deportiva con la Boccia y todo lo que conlleva (ir al ‘fisio’, a la piscina, al preparador físico), también me había preocupado de mi compañera de aventura y había controlado mi peso.

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La aventura la empezamos el sábado 22 de agosto cuando cogí el tren de Albacete (mi tierra y sitio de veraneo) a Madrid, donde me esperaba Nieves.  Habíamos quedado allí con un amigo suyo que trabaja en una agencia publicitaria. Cuando se enteró de nuestra aventura enseguida nos encontró sponsor. El afortunado fue Columbia, una marca de ropa deportiva que nos donó todo tipo de ropa y calzado para emprender el Camino. Digo afortunado porque un peregrinaje supuestamente tranquilo se convirtió en un continuo trajín de llamadas de radio, televisión y prensa para hacernos entrevistas. Al parecer, mi currículum deportivo interesaba a la sociedad (?).

Esa primera noche dormimos en casa de Nieves. A la mañana siguiente cogimos un autobús rumbo a Galicia con la Guía del Camino de la O.N.C.E. que sacamos por Internet. Allí se indicaban los tramos que teníamos que hacer por caminos de tierra o por carretera (los primeros días eran casi todos por carretera). El bus nos dejó en Piedrafita, el primer pueblo de Lugo entrando por León. Llegamos a la cinco de la tarde con un sol de justicia. Montamos la handbike y, nada más empezar la marcha, nos encontramos con el primer imprevisto: un puerto de montaña y un cartel en la carretera que ponía Santiago 171 kilómetros, cuando nosotros creíamos que ‘solo’ nos quedaban 150 km para el destino final. Este día fue el más duro, a pesar de que era una de las etapas más cortas, cinco kilómetros de Pedrafrita a O Cebreiro. Llegamos al albergue de esta aldea con alguna dificultad, ya que se nos estropeó la rueda delantera al entrar por las adoquinadas calles de este poblado. Tampoco teníamos reservada habitación, con lo cual nos tocó buscar una casa rural, no sin antes tener la primera entrevista con la Televisión Gallega. El cámara fue quien se dio cuenta de lo que le pasaba a la rueda y nos ayudó a arreglarla con la ayuda de unos peregrinos-ciclistas. La casa rural que conseguimos, con tres escalones a la entrada, no estaba muy adaptada, pero nos apañamos bien. Ya en la cama planificamos la siguiente etapa, repasando la guía adaptada que nos habíamos traído impresa.

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La mañana siguiente despertamos a las siete para seguir caminando y empujando, en el caso de Nieves, y rodando en mi caso. Recorrimos treinta y tres kilómetros por carretera hasta llegar a Samus, no sin antes parar en Triacastela para, después de superar los mil trescientos metros del Alto del Poio, conceder nuevas entrevistas a los periódicos El Progreso y La Voz de Galicia. En la bajada de la cima fue cuando me inventé un freno para ayudar a Nieves a bajar cuestas, consistente en poner mi pie en la rueda delantera. Mientras caminábamos, la gente de los coches nos pitaba y nos daba ánimos, al igual que los peregrinos en bicicleta. La anécdota del día fue en una aldea cercana a Samus donde una paisana nos preguntó si nos habíamos visto en la tele, que acabábamos de salir en la TVG y que salíamos muy bien. Ya en Samus, cuando estábamos haciendo tiempo para cenar en el albergue, nos encontramos a un hombre de Sarria que nos invitó a desayunar al día siguiente en casa de su padre, enfermo, que también nos había visto por la tele y quería hacernos una entrevista (era un periodista jubilado) para la revista El Peregrino, en la que colaboraba. Este albergue era el único que me encontré en todo el Camino que no estaba adaptado. Esta noche fue la peor para mí; no pegué ojo con tanto ronquido, pero esto también formaba parte de la aventura. Lo positivo de la noche fue que empezamos a conocer a otros peregrinos, lo mejor del Camino con diferencia.

El tercer día madrugamos más aún. A las 6.30 encendieron las luces y todo el mundo en pie menos yo, que me tuve que sentar más que nada por las ampollas en los pies que tenía ya. Este día hicimos treinta y cuatro kilómetros, también por carretera. Desayunamos de lujo en Sarria en casa del padre del hombre que nos encontramos en Samus. Kilometro a kilometro mi móvil no paraba de sonar; las radios querían entrevistas en directo. Este día fue el más ajetreado en cuanto a entrevistas, incluso a las cuatro de la madrugada me despertaron para hacerme una en la Cadena COPE. La anécdota de la etapa sucedió entre Sarria y Portomarín, que era nuestro destino del día, cuando un camionero portugués detuvo su vehículo para  animarnos, echarnos una foto y darnos diez euros que rechazamos (si tiene mucha cara, al peregrino en silla de ruedas le puede salir barato el Camino, pero lo normal es que le salga igual de precio que a los demás). Llegamos a Portomarín a la misma hora que todas las tardes –sobre las seis después de caminar entre siete u ocho horas. Nieves seguía igual de fresca, mientras que a mí ya me estaban doliendo el cuello y la espalda. Este albergue sí que estaba muy bien habilitado, con una amplia habitación adaptada con cuatro literas y ducha también adaptada.

A partir del cuarto día empezó el verdadero Camino. En la guía adaptada que teníamos leímos que esta etapa se podía hacer casi toda sin pisar asfalto. Ya empezábamos a conocer a muchos peregrinos que nos veían y empezaban a contarnos su vida, como si fuésemos viejos amigos. Curiosamente la mayoría de ellos estaban pasando por una etapa trascendental y de repente se ponían a ayudarnos mientras decían que nos admiraban por lo que estábamos haciendo. Con nuestra ilusión y sentido del humor nos íbamos camelando a todos los peregrinos, que colaboraban a empujar la silla en las cuestas hacia arriba. Nos convencían para ir por el Camino, aunque estuviese inaccesible, para ayudarnos más en la aventura. Este día bajamos el recorrido a veinticinco kilómetros, pero era mejor ir por el Camino que por carretera por muchas razones. Llegamos a Palas del Rey y conseguimos un albergue con baño y ducha adaptados. Dormimos Nieves y yo solos en una habitación de unas veinte literas.

Y llegó la quinta etapa, el tramo más gratificante del Camino para mí porque me recordó el que hice en el 2000 (de Melide a Arzúa). Esta vez dormimos en Ribadiso, el pueblo de antes de llegar a Arzúa. En esta etapa también hubo otra inesperada entrevista con la Televisión Gallega, que nos encontró en la frontera entre Lugo y A Coruña. Unos cuantos kilómetros después vino el gran manjar: el mejor pulpo gallego en una famosa pulpería de Melide. Tras coger fuerzas vino el mismo río que crucé en el año 2000 con cinco peñascos que cruzamos con ayuda de otro peregrino (primero me cruzaron a mí y luego la silla). Una cuesta tras otra llegamos al paraíso de Ribadiso, un antiguo hospital de peregrinos convertido en un albergue totalmente adaptado en medio del monte y al lado de un río. En este día tan especial para mí hicimos veinticuatro kilómetros .

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El penúltimo día empezamos a caminar a las ocho de la mañana y llegamos a nuestro destino a las nueve de la noche. Fue la etapa más larga: treinta y siete kilómetros entre Ribadiso y Monte de Gozo). Tan solo nos quedaban cinco kilómetros para llegar al destino final. Desde el albergue se veían las dos torres más altas de la Catedral de Santiago y la verdad es que eso motivaba. Aquel día dormimos como lirones en el último albergue del Camino en perfectas condiciones con habitaciones amplias de ocho literas y con baño y ducha adaptadas.

Y llegó la etapa final, llena de emociones, despedidas, reencuentros (desde que tomé la comunión no había asistido a una misa) y borracheras milagrosas (lo que no me hizo el apóstol Santiago, me lo hicieron tres cubatas de más). La anécdota del día fue cuando le negué la hostia consagrada al obispo y seguidamente Nieves también lo hizo y también el peregrino de al lado. Hasta que el cuarto, el que menos creíamos que lo iba a hacer, se la tragó entera, más que nada por la cara mal encarada que le puso el obispo.

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by José Vaquerizo Relucio

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